El sueño de un hombre

Maldito, mal-dito… no acabo de entenderlo, ¿que diría de los benditos?, ben-ditos… bueno, creo que lo mejor que puedo hacer es hablar de esas personas cuyas visiones  no fueron aceptadas por sus contemporáneos y a diferencia de aquellos no perdieron su fe… inmediatamente. Personas que renuncian a la estupidez de ver como propios los logros ajenos,de la certeza de que, dicho con la suficiente convicción, todo argumento será comprendido – no sin resignación – por aquellos que tenemos las vitrinas vacías.
Como no soy capaz de dejar de ver por el retrovisor, hablaré de un maldito de ficción, arriesgándome a que la ficción tampoco exista os presento a Fitzcarraldo.
Brian Sweny Fitzgerald, Fitzcarraldo para los enemigos, da nombre al personaje interpretado por Klaus Kinski en la película homónima que Werner Herzog rodó en Perú entre 1980 y 1982.
Fitzcarraldo tiene un sueño, construir en la selva un teatro de la ópera donde pueda actuar su admirado Caruso. Para costear semejante excentricidad, decide probar suerte en la prospera industria del caucho.
Sólo un problema, las últimas tierras por explotar se encuentran río arriba, en un territorio sin explorar  habitado por Jíbaros.
Nuestro héroe, ajeno a cualquier contratiempo y alimentado por su amor a la ópera, se hace al río acompañado de las que podrían ser versiones paralelas de sí mismo: un capitán que se orienta según los sabores del agua, un contramaestre infiltrado por la competencia, un cocinero alcohólico (acompañado de su propio harén), una tripulación adicta a holgazanear y la selva virgen, oscura e inocente, acechando desde las orillas. Como él mismo confiesa, ¿por qué hacer algo, que se sabe, es posible hacer?.
A medida que lo remontan, el río se convierte en un hilo temporal entre el hombre moderno y el hombre primitivo, el barco navega hacia el nacimiento del río y desde aquel nos llegan los ecos del propio nacimiento del hombre.
Fitzcarraldo somete a la selva a audiciones de opera, y esta contesta con los ritmos tribales de los Jíbaros. Viajando hacia el pasado más remoto, se produce el contacto, la colisión entre el hombre entregado a la naturaleza simbólica de la vida, y el hombre desarraigado de su naturaleza, la colisión entre una vida precedida por los sueños y otra encaminada a ignorarlos.
Una vez más el viaje hacía ninguna parte le da a Fitzcarraldo la medida de sí mismo, la consciencia del hombre como ser escindido e incapaz de comunicarse con sus semejantes sean de la condición que sean.
Fitzcarraldo considera la opera, el arte como intermediario, como el único camino hacia el origen de nuestro ser, sin embargo descubre que existen otros caminos menos adulterados, descubre que existe la vida como sueño y no como representación de un sueño.

DG

 

 

Publicado en Azul Eléctrico Cultura Subterránea.

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