Le monochrome

En un siglo caracterizado por una vanguardia continua – término convertido ya en mito debido en parte a su realidad difusa y polimórfica-, la alternancia entre lo abstracto y lo figurativo, purismos e hibridaciones, esconde rara avis que hicieron la guerra por su cuenta. Artistas que para desconsuelo de la crítica, son imposibles de encajar en las corrientes que contextualizaban su época. Artistas cuya obra se resiste a la , en muchos casos, esterilizante intención aglutinadora de la critica de arte, bien por la falta de argumentos de esta, o quizás por que el arte más auténtico -¿auténtico?-, es inclasificable, inexplicable, libre.
Sea como fuere y sirviendo de introducción, creo imposible hablar de la obra de Yves Klein, precisamente porque un arte cuanto más puramente se expresa en su propio lenguaje, más difícil es de traducir.
Presenciar la obra original, nos hará comprender su carácter embriagador, alucinante y demoledoramente único. Habiendo renunciado a hablar de obras concretas, nada me impide sin embargo, hablar de la fascinación que esta provoca, de los símbolos que rebela. Yves Klein, yudoca de profesión, rosacrucista, músico de jazz y poeta de la idea pura, decidió trabajar con un solo color – algunos le recomendaron “utilizar algún color más, introducir un punto o una línea”- pero lejos de eso Klein se rebautizó como “le monochrome” y patentó – por motivos artísticos que no mercantiles – su descubrimiento: el IKB, siglas de International Klein Blue. Lógicamente no invento el color azul pero si la técnica por la cual el color mantiene todas las propiedades visuales del pigmento en polvo, evitando que los aditivos que lo hacen trabajable rebajasen su intensidad natural.
Yves nos hace creer en un viaje al otro lado del cielo, donde quiera que ese lugar se encuentre. Su alma, cual esponja, absorbió el carácter oscuro y misterioso del azul, siendo precisamente la esponja el vínculo material que mejor explica la metáfora del IKB: si el color como objeto material no existe, Klein encontró en la esponja el lienzo ideal para su azul. La esponja, como si de nosotros mismos se tratase, es sujeto del paso, de la mezcla, de la unión, una puerta que simboliza el paso del lado de acá al lado de allá, de la vigilia al sueño.
Goethe, en su teoría del color define el azul como una energía, que en su pureza extrema es una deliciosa nada. Su efecto es una mezcla de excitación y serenidad, un límite en el que los opuestos se tocan al igual que en el horizonte crepuscular, donde el azul índigo (color natural asimilable al IKB) es el color que antecede al negro, a la noche, es pues el color que nos acompaña de la vigilia al sueño, cuando tierra y cielo se unen, donde el día, inseguro, teme a la noche. En palabras de Klein: El azul es lo invisible haciéndose visible y viceversa… no tiene dimensiones, está más allá de estas, que forman parte de los otros colores. Partiendo de esta base, Klein inaugura “la época azul”, caracterizada por obras en las que se busca la transfiguración del objeto a través de la imprimación de IKB, así objetos cotidianos despojados a priori de un valor artístico como trozos de madera, herramientas o incluso sus propios utensilios de pintura, adquirieren una dimensión espacial gracias a su nueva “vida azul”, consiguiendo una dinamización de los valores asociados a cada objeto concreto. Con el azul como medio, se rebelan significados que el objeto por sí solo no poseía. Consigue la espiritualización del objeto, al igual que la alquimia perseguía la conversión de cualquier elemento en oro.
Klein considera la época azul como un preludio de su anhelo real, la conquista del vacío y la proclamación de la era pneumática. El cambio de enfoque consistía en pasar de la espiritualización de los cuerpos, con el IKB como medio, al proceso inverso de la corporeización del espíritu. Para esto Klein diseño un ritual que evocaba ese paso de uno a otro lado del cielo. La exposición conocida como Le vide (el vacío) tenía su inicio al anochecer, con la proyección de luz azul sobre el obelisco de la Place de la Concorde de París, la corporeización del ya de por sí simbólico obelisco. Tras sumirse en la noche con el obelisco, el ritual continuaba en la galería Iris Clert: la entrada, bajo un enorme baldaquín azul, estaba flanqueada por dos soldados a modo de guardianes de la otra dimensión; dentro, en la galería absolutamente vacía y pintada de un intenso color blanco, el visitante accedía a la representación del deseado vacío.

Publicado en Azul Eléctrico Cultura Subterránea.

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