La interferencia

La interferencia constituye la estrategia esencial para que las imágenes se vuelvan borrosas, para evaporar la mortaja que el tiempo construye a su alrededor mientras cristalizan nuevos significados. Una condensación y dispersión constantes  que activan la tensión interna que hace que una imagen difumine sus contornos hasta devenir en otra. Thoreau¹ nos recuerda que “basta con que un hombre gire una vez con los ojos cerrados, para que este perdido”.

Digamos entonces que perderse, que provocar una interrupción cerrando los ojos, es hacer desaparecer el mundo exterior para construir uno interior, es un mecanismo que despierta la ambivalencia de las imágenes. El giro como interrupción del movimiento deshace los nudos, ayuda a desorientar las coordenadas, rompe la linealidad del discurso, de hecho, rotar, trazar un círculo, es paradójico en sí mismo ya que un destino en principio perfecto, cerrado y cíclico, al ser dibujado nos sorprende con la fuga como tentación continua.  El inestable perímetro por el que deambulamos, el borde sobre el que mantenemos el equilibrio, es un lugar compartido con los cuerpos contiguos, es la suma de partículas que perteneciendo a un espacio, lo son también del siguiente, insinuando un lugar borroso, un lugar innombrable, donde se agolpan la palabras.

¹ Henry David Thoreau, Walden

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